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En la brillante época de las exposiciones en Bruselas, París y muchas otras ciudades en todo el mundo, existía la costumbre de levantar -- obligatoriamente -- grandiosas construcciones arquitectónicas en el estilo que fuera.
Estas construcciones, artes plasmadas, la artesanía, la agricultura, etc., se mantenían por poco tiempo en su frágil magnitud: las exhibiciones terminaban y los listones eran transportados en talegas.
Las grandes creaciones del simbolismo ruso me recuerdan estas construcciones de exhibición. A veces me parece que Balmont, Briúsov, Viacheslav Ivánov, Andrei Bieli están especialmente diseñados para determinadas exhibiciones mundiales, por lo cual hay que tenerlos en cuenta. En esencia ya han sido analizados. De Balmont con sus edificaciones ardientes, sus poemas universales, sus audacias sobrehumanas y su egolatría demoniaca, quedaron algunos sobrios y buenos poemas. Briúsov aún está en pie, sufrió la "exhibición" y todos saben lo que esto significa. De la poesía cósmica de Viacheslav Ivánov, en donde "incluso el mineral pronuncia unas cuantas palabras", ha quedado una pequeña capilla bizantina que contiene el esplendor que ha sobrevivido de muchos templos incendiados; y, finalmente, Bieli... aquí me toca renunciar a mi paralelo arquitectónico: Bieli inesperadamente resultó una dama irradiando el brillo insoportable de la charlatanería universal: la teosofía...
Ahora estamos ante las tardías reincidencias ruidosas del simbolismo, la poesía de las escuelas moscovitas, en especial de los imaginistas, un fenómeno también ingenuo, sólo que rapaz y salvaje. En esta ocasión no estamos ante los valores espirituales de la cultura, sino ante sus juegos mecánicos. Cualquier conserje de una vieja casa moscovita con ascensor y calefacción central es más culto que un imaginista, que de ninguna manera puede acostumbrarse al ascensor ni a la hélice. Los salvajes jóvenes moscovitas descubrieron una nueva América: La metáfora; la mezclaron cándidamente con la imagen y enriquecieron nuestra literatura con un ejército completo de innecesarias y destrozadas comparaciones metafóricas.
Infinitamente menos interesante y respetable que el simbolismo, pero afín a él, el imaginismo no es el último -- así debe ser -- fenómeno de la literatura rusa. La poesía rapaz se va a dar en nuestro suelo hasta cuando la cultura rusa se lo permita. Claro está que la mala poesía es extenuante para la cultura, es nociva, como toda negligencia.
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